Elegir carrera con la cabeza en modo alarma

A los 17 o 18 años, casi siempre en pocos meses y con toda la familia opinando, a una persona se le pide que tome una de las decisiones más grandes de su vida. Y se le pide, además, que la tome bien.

Lo que casi nunca se mira es en qué estado se toma esa decisión. Y eso importa más que cualquier consejo sobre qué carrera tiene futuro.

Una mente en alarma no elige: escapa

Cuando el sistema nervioso está en alerta sostenida —y la presión de fin del secundario alcanza de sobra— pasa algo que conviene entender: la prioridad deja de ser el largo plazo y pasa a ser bajar el malestar.

Es una función razonable. En una emergencia real, no querés a alguien evaluando pros y contras a cinco años: querés una respuesta rápida. El problema es que ese mismo mecanismo se activa frente a una decisión que no es una emergencia, y ahí distorsiona todo.

Una mente en alarma no elige mal por falta de información. Elige la opción que más rápido reduce la ansiedad. Y esa opción casi nunca coincide con la que la persona querría a los treinta.

Los tres escapes que no parecen escapes

Lo complicado es que estas maniobras se sienten como decisiones maduras.

El escape hacia lo seguro. «Tiene salida laboral.» No es un mal criterio, pero conviene revisar si es un criterio o si es el único, y sobre todo si apareció después de pensar o si apareció para dejar de pensar. La seguridad económica es un valor legítimo; el problema es cuando funciona como anestesia.

El escape hacia el mandato. Elegir lo que se espera. Rara vez es explícito: casi nunca hay un padre diciendo «vas a estudiar esto». Lo que hay es un cálculo silencioso sobre qué respuesta genera aprobación y cuál genera decepción. El chico no siente que está obedeciendo; siente que eso es lo que quiere.

El escape hacia la postergación. No elegir también es una manera de resolver la angustia: anotarse «por mientras» en algo, tomarse un año que se estira, empezar tres cosas sin terminar ninguna. La postergación baja la ansiedad hoy y la multiplica después.

Ninguno de los tres es un defecto de carácter. Los tres son formas de que un sistema en alerta haga lo que sabe hacer: sacarse la incomodidad de encima.

Por qué «¿qué me gusta?» es una mala pregunta

Es la pregunta que más se hace y una de las menos útiles, por dos razones.

Primero, porque es demasiado vaga. «Me gusta ayudar a la gente» es compatible con veinte carreras muy distintas entre sí. No orienta: tranquiliza.

Segundo, porque el gusto es inestable, y a los 17 años más todavía. Uno todavía no conoce la mayoría de las cosas que podrían gustarle.

Hay preguntas que funcionan mucho mejor:

  • ¿Qué quiero hacer con mis días? No con qué tema quiero tener que ver: qué quiero estar haciendo un martes a las tres de la tarde. Leer, hablar con gente, resolver problemas técnicos, estar al aire libre, construir cosas.
  • ¿Qué problemas quiero tener cerca? Toda profesión es, en el fondo, un tipo de problema que uno acepta tener enfrente durante años.
  • ¿Qué estoy dispuesto a bancarme? Esta es la más útil de todas. Toda carrera tiene una parte fea: años de estudio árido, guardias, incertidumbre económica, exposición, burocracia. La pregunta no es cuál no la tiene —ninguna—, sino cuál parte fea vale la pena para vos.

Esa última pregunta hace algo importante: saca la decisión del terreno de la fantasía y la pone en el de la vida real.

El mito de la vocación escondida

Circula una idea romántica y bastante cruel: que cada persona tiene una vocación verdadera, que existe desde siempre, y que la tarea consiste en descubrirla.

Si eso fuera cierto, no encontrarla sería un fracaso personal. Y la mayoría no la encuentra a los 17, porque no hay nada que encontrar.

Lo que muestra la experiencia es distinto: la vocación se construye más de lo que se descubre. Se arma haciendo, equivocándose, descubriendo que algo que parecía aburrido resulta fascinante cuando lo entendés bien. Casi nadie sabe a los 17 qué va a amar a los 35.

Sacarse de encima el mito no vuelve la decisión arbitraria. La vuelve posible: en vez de adivinar una verdad oculta, se trata de tomar la mejor decisión disponible con lo que se sabe hoy, sabiendo que va a ajustarse en el camino.

El miedo a equivocarse, en su justa medida

Buena parte de la parálisis viene de vivir la elección como irreversible. Se elige como quien se hace un tatuaje.

En los hechos, cambiar de carrera es frecuente, y lo cursado rara vez se pierde del todo: quedan materias, criterio, y sobre todo información sobre uno mismo que antes no se tenía.

Bajar la presión de irreversibilidad no es un consuelo: mejora la calidad de la decisión. Alguien que siente que se juega la vida entera en una elección, elige peor. Se paraliza, se aferra a lo seguro, o delega la decisión en otro.

Dónde entra la atención plena

Acá conviene ser preciso, porque se malinterpreta fácil.

El entrenamiento en atención plena no sirve para estar tranquilo antes de decidir. Esa calma no llega, y esperarla es otra forma de postergar.

Sirve para otra cosa: para poder escucharse por encima del ruido.

Cuando alguien está frente a la decisión, no hay una sola voz. Hay varias hablando al mismo tiempo: el miedo, el mandato familiar, la comparación con los compañeros, la urgencia de resolverlo ya, y en algún lado —más bajito— algo parecido a un deseo propio.

Lo que se entrena es la capacidad de distinguir esas voces en vez de fundirse con ellas. Poder notar «esto que estoy sintiendo es miedo a decepcionar a mi viejo» es radicalmente distinto de simplemente sentirlo y actuar en consecuencia sin saber qué te movió.

Hay un segundo aporte, que viene del trabajo con valores en terapia de aceptación y compromiso. La pregunta que ordena no es «¿qué me va a hacer sentir mejor?» sino «¿qué tipo de persona quiero ser y qué elección me acerca a eso?». Son preguntas muy distintas, y llevan a lugares muy distintos.

Y un límite, que es importante

Nada de esto reemplaza un proceso de orientación vocacional con un profesional formado.

Trabajar la regulación emocional ayuda a que la persona pueda elegir desde un lugar más propio. Pero conocer la oferta educativa real, entender qué hace efectivamente un profesional de cada campo, administrar e interpretar herramientas de exploración: eso es un oficio específico, y hacerlo bien cambia decisiones.

Lo ideal es que las dos cosas convivan. Una persona ansiosa con excelente información sigue eligiendo desde la ansiedad. Y una persona serena sin información elige a ciegas.

Conocer más →

Hablar con nosotros por WhatsApp

Lic. Christian Arpa, Psicólogo (UBA) y MBSR Teacher acreditado por GMC

Lic. Christian Arpa

Psicólogo (UBA) · MBSR Teacher acreditado por el Global Mindfulness Collaborative · Director Académico de Espacio Mindfulness · Villa Urquiza, CABA

Espacio Mindfulness — Institución de enseñanza oficial de MBSR acreditada por el Global Mindfulness Collaborative.
Lic. Christian Arpa — Psicólogo (UBA) · MBSR Teacher · Especialista en ACT, TCC y Mindfulness.